dijous, 29 de gener de 2015

el viaje {3}

Le gustaba el otoño, donde la vida caduca, todo se transforma. El paisaje se tiñe de amarillos y ocres, nuevos manjares salen de las cocinas, sopas humeantes, tartas suculentas, nuevos frutos llenan despensas preparando el largo y frío invierno, cuando termina él llega la Navidad. Antes le gustaba la Navidad, pero llevaba unos años que le era un puro trámite. A lo mejor si hubiera tenido niños. Viéndolos ahí pegados a la ventana, mirando cómo termina el otoño fuera y nos invade el invierno, pensó en como hubiera sido su vida con ellos, seguramente como la de su compañera, seguramente distinta, aunque luego se hubiera planteado como hubiera sido sin ellos, probablemente ella lo hace. Somos así de curiosos los seres humanos, siempre haciéndonos preguntas sin respuesta alguna. Aquel año el otoño había tardado en llegar, pero una buena mañana, ya instalado en las copas de los árboles, una ventada se lo llevó de golpe, la misma mañana de sábado que decidió no seguir muriendo, hacer las maletas y tomar ese tren.

Ensimismados ante el paisaje, que ante su atenta mirada también iría mudando su aspecto tras cada paso en el camino, las tierras del norte decían ser más frías, el mayor de los chicos se dirigió a su madre y le preguntó si había algo para comer.

-¡Tengo hambre!, le dijo con tono y mirada apenada de aquel que hace un lustro que no come nada.

Mi compañera removió entre sus bártulos y como el mago saca de su chistera un conejo, una paloma, ella sacó una suculenta tarta de manzana y moras silvestres, que con su olor enseguida impregnó toda la cabina del aroma otoñal que recordaba también salir de su horno hacía apenas unos días.  Los chicos dejaron que el tiempo hiciera su curso fuera y se dedicaron con delirio a aquella exquisitez. Con sus sonrisas y miradas le invitaron también a ello.

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